El Polo Sur ya no esta tan solitario como antes. Ahora una gran aldea ocupa un espacio realmente extenso de él, visible desde bastantes kilómetros atras . No había muros demasiado grandes, como los de su hermana del norte, pero sí tenía bellísimas casas de una arquitectura muy trabajada, con dibujos en hielo que evocaban a la lucha del Avatar contra el maligno Señor del Fuego.
La población se había duplicado, mucha gente del polo Norte se había mudado al Sur porque era mucho más tranquilo y pacífico.
Katara se encontraba en ese momento almacenando agua junto a otros maestros agua. Su rostro no decía absolutamente nada, sólo se limitaba a realizar los gestos correctos para introducir el agua en las arcas.
— Katara, ¿podemos hablar? — Preguntó Sokka, apareciendo por detrás de una casa de hielo.
— Estoy algo ocupada en este momento. — Contestó ella fríamente, mientras seguía con su labor. De pronto, se dio cuenta a quién le hablaba y cómo lo hacía, así que paró de hacer eso y miró a Sokka: —Lo siento, claro que podemos hablar. Vamos.
Dejó todo como estaba y comenzaron una pequeña caminata cerca de unos enormes glaciares. El mundo parecía haber recobrado fuerza desde la última batalla, donde tanto fuego control había hecho mermar la fuerza del hielo de los polos, desequilibrando la flora y la fauna de los bosques gracias al exceso de agua que frotante de los grandes hielos. Por suerte, todo había vuelto a la normalidad.
— ¿Sobre qué querías hablar? — Preguntó Katara, mientras se secaba las manos en el borde de su túnica azul, bordada con un delicado hilo de seda celeste.
— Sobre Aang. — Respondió Sokka de forma tajante. Katara bajó la mirada y aminoró la marcha, retrasándose con respecto a su hermano. — No puedo creer que no lo hayas acompañado, él te necesita.
Los dos habían parado de caminar. Katara seguía mirando hacia abajo, con sus ojos llenos de lágrimas, más sin embargo con una mirada decidida, dura y llena de valor.
— No lo entiendes, Sokka, nadie lo entiende.
— ¡Sí, sí que lo entiendo! Entiendo que dejaste a la persona que amas sola en un viaje en el que te necesitaba. Sabes muy bien que Aang te nec…-
— ¡NO QUIERO…! — Aquellas palabras de la maestra agua salieron teñidas de dolor, lo que cortó la respiración de Sokka. Las lágrimas comenzaron a fluir definitivamente. — ¡q-que salga l-lastimado!
Los dos callaron. Lo único que se escuchaban eran los sollozos ahogados de Katara, que trataba por todos los medios de retener su angustia, de no dejar fluir esos pensamientos racionales que contradecían a su corazón, que señalaba sólo un sendero, que debía ser recorrido sólo con aquel que ella eligiese, y que lo había dejado irse el día anterior.
Sokka se acercó a ella con decisión y la envolvió en un abrazo. De pronto, Katara soltó todo. Gritó, lloró y el hielo tembló, sintiendo su angustia, su dolor. Estuvieron diez minutos así, abrazados, ayudándose el uno al otro sólo con el hecho de permanecer en silencio, que Katara se atrevió a romper.
— Cuando encontramos al asesino de nuestra madre, — Las palabras salían ya limpias de dolor, fluían libres, sin trabas. — me di cuenta de que nada de lo que yo podría hacer la traería conmigo a la vida. Y eso no hizo más que lastimarme, abrir una herida que tardó mucho en volver a cicatrizar.
— Por eso no quieres que Aang vaya a revolver el pasado. — Comprendió Sokka, separándose un poco de su hermana. Tomó su cara entre sus manos y limpió suavemente algunas lágrimas que seguía deslizándose por su rostro. — Te entiendo. Y quiero que sepas que si quieres ir a ayudarlo, puedes contar conmigo. Siempre.
— Lo sé, siempre lo supe.
Se sonrieron de forma sincera, y caminaron de nuevo hacia la aldea. Todavía quedaba mucho que hacer.
La noche había caído, y con ella los habitantes de la aldea decidieron también pedirle un descanso a sus mentes. Todo estaba tranquilo, salvo por una pequeña figura que se movía entre las casas, hasta el puerto imponente, antes pequeño e insignificante..
Katara tomó uno de los botes, metió un pequeño equipaje y abordó la nave. En seguida las olas acompañaron su huida, metiéndola en el oscuro mar abierto. Se paró y miró hacia atrás, admirando cómo había crecido su hogar.
— Lo siento, Sokka. Pero ésta vez, es un trabajo de dos.
Unos minutos después, la negrura de la noche la engulló junto con las esperanzas de vivir una vida absolutamente normal, junto con su familia y amigos. Pero sabía que a veces el amor lo hacía sacrificar todo, hasta el más anhelado deseo.